
Así como el Alce conoce con exactitud adónde
dirigirse en la densa multitud de acacias y de
fresnos expuestos a manera de inmanente y aleatoria
trama, su gran alma verde y fractal no ignora que el
Animal no fallará al penetrarla.
Levantando su amplia nariz al encuentro de las
primeras señales en las ramas bajas de los hayucos
que se estacionan bordeando el río helado,
el mitológico Alce se yergue decidido
a acordar el rumbo luminoso de la mañana
con la Oculta Potestad de la Montaña.
Los bosques boreales de su tierra,
llenos de abetos y píceas,
de rododendros y helechos
de desmesurado tamaño,
se acomodan al pie del jardín de sequoias
que conectan ese Lugar Sagrado
con el amigable cielo de los Budas.
La Tierra se vió obligada a cambiar su rostro muchas
veces en un corto tiempo, y sin embargo, el bosque
aún posee la conmovedora eficacia
que sostiene la vida del Todo
en el fértil espacio que el Otoño inauguró
a los costados del corazón del gigantesco valle.
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