
Destacándose en el color áureo de la tarde india,
su piel se asemeja a la volcánica pronunciación
del sánscrito cuando brota y se inscribe como a
jirones texturando el espacio de la Escucha.
El Tigre ha iniciado su recorrido entre los árboles.
Calzado en su amplio escudo que es al mismo
tiempo el córtex sinfín de su voracidad, luce
inmaculado entre sus rayas de Bután.
Desprovisto de toda vulgaridad,
balanceándose cadenciosamente entre las brasas
de su Espíritu, hay algo más que puede verse
en esa otra máscara que Shiva le propone.
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Su preciosa piel de cerámica, cuyas incrustaciones
de cabellos blancos, negros y naranjas parecieran
encenderse a través de la selva circular, diríase un
Camaleón cuyos candelabros hubieran alineado
su brújula en una babel que reflejara algunos
mosaicos del imponente recuerdo de la tarde india.
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